Se resbala y me agita,
me mece y tirita
entre burbujas, tan frías…
Acaricia y empapa,
llevando en su curso
los restos de mi alma.
Se refugia en mi piel
enredando al sol
a quererla sin querer…
Tú me tomas, tú me arrastras, como siempre, como nunca.
Me perdí en la memoria de algún loco sin mutua,
sin resguardo ni remite, y ya no me encuentro
por mas que busque mi nombre en lápidas de tu cementerio.
En mis manos, sangra un sentimiento ebrio
tiritando entre sábanas que no le arropan en sueños.
En sueños faltos de realidad y tiempo,
confundo mis delirios con tus ojos ciegos.
Ciegos de mirar al sol fijamente,
y de romper el tiempo espacio entre tanta gente.
No, estas no son palabras de cualquier demente.
Está claro: las palabras no valen nada,
y menos si ácida enferma está la boca que las propaga.
Y menos si loco ausente está el cerebro que las controla,
aun menos si el aroma que las embriaga
se pierde entre nubes, y se da de bruces contra el suelo.